Durante más de treinta años aprendimos a relacionarnos con internet de una manera muy concreta: navegando. Abríamos una computadora. Encendíamos el navegador. Escribíamos una dirección o una palabra en un buscador. Entrábamos en una página, hacíamos clic en otra, regresábamos, abríamos una nueva pestaña y seguíamos buscando.
Internet se convirtió, poco a poco, en un enorme territorio que aprendimos a recorrer. Pero ¿y si dentro de veinte años esa experiencia nos parece tan extraña como hoy nos parece buscar información en una enciclopedia?
De la enciclopedia al buscador
Recuerdo la época de las enciclopedias digitales como Encarta. La información estaba contenida en un lugar concreto. Uno instalaba el programa en la computadora y podía consultar allí una enorme cantidad de conocimientos. Entonces llegó Google.
La revolución no consistió simplemente en tener más información. Consistió en cambiar la manera de acceder a ella. Ya no necesitábamos saber dónde estaba el conocimiento. Bastaba con saber qué queríamos preguntar.
El buscador se convirtió en nuestra puerta de entrada al conocimiento.
Después llegó el teléfono inteligente y esa puerta dejó de estar sobre el escritorio. Internet pasó a acompañarnos prácticamente a todas partes. Ahora aparece una nueva transformación: la inteligencia artificial.
Y la pregunta es inevitable:
¿Será la inteligencia artificial el próximo Google o será algo mucho más radical: el reemplazo del navegador como experiencia?
Cuando navegar se convierta en algo arcaico
Imaginemos el año 2046. Una persona entra en una biblioteca y encuentra una computadora antigua. En la pantalla aparece un navegador. Abre una página web, escribe una dirección, espera a que cargue, lee, hace clic en un enlace, vuelve atrás y continúa buscando.
Quizá alguien joven observe todo aquello con la misma curiosidad con la que nosotros contemplamos hoy una antigua ficha de biblioteca.
—¿Y para qué hacían todo eso?
La respuesta podría ser:
—Para encontrar información.Y entonces vendría la pregunta:
—¿No podían simplemente preguntarle a la inteligencia artificial?
Eso es lo verdaderamente revolucionario.
La inteligencia artificial no necesariamente elimina internet.
Puede eliminar la necesidad de navegarlo.
Las páginas web podrían continuar existiendo. Los servidores seguirían almacenando información. Los centros de datos seguirían funcionando. Pero nuestra relación cotidiana con ese contenido podría cambiar radicalmente.
La web seguiría detrás de nosotros, pero dejaríamos de verla. El navegador podría convertirse entonces en una especie de pieza histórica: una tecnología que fue fundamental para entrar en internet, pero que dejó de ser necesaria para la mayoría de las personas. Como la enciclopedia, como el catálogo de una biblioteca.
Como tantas otras tecnologías que no desaparecieron físicamente, pero sí dejaron de ocupar el centro de nuestra experiencia.
La segunda revolución: la crisis de la imagen
Pero hay algo todavía más profundo. La inteligencia artificial no solamente puede cambiar cómo buscamos información. Puede cambiar cómo utilizamos nuestros ojos.
Durante las últimas décadas hemos construido un mundo digital extraordinariamente visual. Computadoras, teléfonos, redes sociales, videos, fotografías, aplicaciones, navegadores, ventanas, notificaciones. Para utilizar internet, normalmente tenemos que mirar. Y mirar tiene un costo. Una imagen exige nuestra atención.
Cuando estoy contemplando una fotografía, leyendo una página o viendo un video, mis ojos están ocupados. La pantalla me reclama. Para recibir esa información necesito detenerme frente a ella.
La voz es diferente. Puedo escuchar una conversación mientras camino. Puedo escuchar la radio mientras conduzco. Puedo escuchar un podcast mientras cocino. Puedo escuchar a una persona mientras ordeno mi habitación. La voz acompaña una actividad.
La imagen, muchas veces, interrumpe la actividad para convertirse ella misma en la actividad. Quizá por eso la radio nunca desapareció. La radio entendió algo que la cultura digital visual a veces parece olvidar: no toda comunicación necesita ocupar nuestros ojos.
La imagen quiere nuestro tiempo
Una imagen no solamente comunica algo, también reclama contemplación. Quiere que la miremos, quiere una parte de nuestro tiempo, quiere nuestra atención. Y precisamente por eso la imagen puede convertirse en una forma de cautiverio cuando todo nuestro entorno está diseñado para producir imágenes permanentemente.
Quizá parte del cansancio contemporáneo frente a las pantallas tenga que ver con esto.
No estamos simplemente cansados de la tecnología. Estamos cansados de tener que mirar.
Los jóvenes comienzan a experimentar esta saturación de manera particular. Después de haber crecido rodeados de teléfonos, notificaciones, videos cortos y redes sociales, aparece una pregunta cada vez más importante: ¿Tengo que estar mirando una pantalla para estar conectado? Y aquí la inteligencia artificial podría producir una paradoja. La tecnología que algunos imaginan como una nueva fuente de hiperconexión podría terminar ayudándonos a desconectarnos de las pantallas.
Una inteligencia artificial que no necesita que la mires
Imaginemos caminar por una ciudad dentro de veinte años. No estás mirando el teléfono. No estás desplazando el dedo por una pantalla, no estás buscando una página, simplemente caminas. Y hablas.
—¿Qué estoy viendo? / La inteligencia artificial responde.
—¿Quién construyó este edificio? / Responde.
—Recuérdame llamar a Juan cuando llegue a casa. / Lo hace.
—Explícame por qué ocurrió esto. / Te lo explica.
Y mientras tanto sigues caminando.
Puedes mirar a las personas que tienes delante, puedes conversar con alguien, puedes conducir, puedes cocinar, puedes trabajar. La inteligencia artificial está presente, pero no necesariamente ocupa tus ojos.
Y ahí aparece una paradoja fascinante:
Después de décadas en las que la tecnología parecía exigirnos cada vez más tiempo frente a una pantalla, la inteligencia artificial podría permitirnos recuperar precisamente aquello que las pantallas nos habían quitado: la libertad de hacer otras cosas mientras recibimos información.
Del dispositivo a la conversación
Quizá el gran cambio tampoco sea simplemente pasar del navegador a la inteligencia artificial. Podría ser pasar del dispositivo a la conversación. Durante décadas tuvimos que adaptarnos a las máquinas: aprendimos a utilizar teclados, a navegar, a instalar programas. Aprendimos interfaces, desarrollo web, códigos HTML y CSS, desarrollamos aplicaciones.
Ahora podemos estar entrando en una época en la que la máquina aprende a adaptarse a nosotros.
Ya no tenemos necesariamente que saber dónde está la información. No necesitamos conocer la estructura de una página. No necesitamos recordar qué aplicación debemos abrir. Podemos simplemente preguntar, y eso cambia la naturaleza misma de nuestra relación con la tecnología.
¿Desaparecerá internet?
Probablemente no. Siempre tendrá que haber un “lago” que conecte la información y la haga viajar rápida a través del globo terrestre. Pero quizá desaparezca algo que durante mucho tiempo confundimos con internet: la navegación.
Internet podría seguir siendo gigantesco, mientras que nosotros dejamos de recorrerlo directamente. Las páginas podrían seguir existiendo, pero los agentes de inteligencia artificial podrían convertirse en quienes las consulten por nosotros. Los sitios web podrían continuar siendo importantes como fuentes, archivos, espacios institucionales y lugares donde las personas publican información. Pero quizá ya no serán el lugar donde nosotros pasamos nuestro tiempo.
Y entonces podría ocurrir algo curioso:
Internet podría seguir creciendo mientras la experiencia humana de navegar por internet disminuye.
No sería la desaparición de la red. Sería el final de una determinada manera de habitarla.
Del navegante al interlocutor
Durante treinta años fuimos navegantes, ahora podríamos convertirnos en interlocutores. Antes preguntábamos: “¿Dónde está la información?”. Después preguntamos: “¿Qué dice la información?”. Y quizá mañana simplemente preguntaremos: “¿Qué necesito saber?”. La tecnología se encargará del resto.
Tal vez ese sea uno de los grandes cambios culturales que traerá la inteligencia artificial: no necesariamente nos dará un internet más grande, sino un internet que estará cada vez más oculto detrás de la conversación.
Y quizás dentro de veinte años alguien vea un navegador abierto en una computadora antigua y pregunte: —¿Para qué servía esto?
Y alguien le responda: —Para navegar por internet.
Y quizá la respuesta del joven sea: —¿Navegar?
Como quien escucha hablar de una biblioteca y descubre que, alguna vez, para encontrar una respuesta había que caminar hasta un edificio, buscar un libro, encontrar una página y leerla.
Quizá nosotros seamos los últimos navegantes.
Y la inteligencia artificial sea el comienzo de una época en la que, para encontrar lo que buscamos, ya no tendremos que navegar. Bastará con preguntar.










