El fin del Sínodo de la Sinodalidad ha significado para muchos un alivio. A través de tweets, post y comentarios era fácil dilucidar el ánimo de ciertos ambientes en la Iglesia que esperaban, ya sea una confirmación de la praxis católica de siempre, ya sea un cambio radical en la forma de concebir la Iglesia. Ni unos ni otros fueron saciados al parecer, ya que tanto el documento final como las impresiones de la gran parte de los miembros del Sínodo señalaron que más que grandes cambios o nuevas normas, lo que se esperaba de este encuentro de obispos (con laicos y religiosos) era, más bien, una nueva comprensión del estilo de ser Iglesia. Se retoma el adjetivo "sinodal" para especificar el modo de relacionarnos entre nosotros, de tomar decisiones consultadas, de liderar espacios eclesiales, de dar un rol más reconocible a la mujer.
La dialéctica eclesial
No sólo en el Sínodo habían opiniones diversas o contrarias entre sí, también en los medios de comunicación, en las iglesias locales y en las conversaciones que se tenían en las sobremesas de Roma. Es un tema importante, cuya conclusión se pospuso un año, para darle más tiempo al Espíritu Santo «que ilumine los corazones de los fieles» y a los miembros para discernir lo que viene de ellos y lo que viene de Dios. Este movimiento de frescura pascual, impulsada por el Santo Padre, daba primacía a la gracia y a la Voluntad de Dios por sobre las opiniones, ideologías o lobbys.
Pero no todo es color de rosa en la actualidad eclesial. Las diversas posiciones que tenemos en la Iglesia denotan una fuerte dialéctica mundana con una intensión también de dividir al Pueblo de Dios. Se van adoptando en el común de las personas los términos «progresista» en contraposición al «tradicionalista», o los términos políticos de antaño: «conservadores» y «liberales», o «anticuados» y «modernos». Esta división en sí misma no es católica, ni siquiera es positiva, es típicamente mundana y, si se quiere, demoníaca. Nos encontramos nuevamente frente a la típica batalla entre el bien y el mal, entre Dios y sus enemigos.
En la Audiencia General del 20 de enero de 2021, el Papa Francisco señaló que
«rezar significa luchar por la unidad. Sí, luchar, porque nuestro enemigo, el diablo, como dice la palabra misma, es el divisor. El Espíritu Santo hace la unidad y el diablo siempre divide, siempre divide porque es conveniente para él».
Es claro que así como el Espíritu Santo une, el demonio divide. La dinámica propia del demonio es crear este tipo de dialéctica divisoria que quiebra la relación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Pero darse cuenta de esta batalla no es una tarea fácil. Hay quienes se mantienen enceguecidos en su afán de lograr grandes hazañas en la Iglesia como si se tratara de una política de pactos y acuerdos, cuyo final es conseguir leyes afines a la propia creencia o ideología. Esa dinámica no es católica, es mundana.
Es verdad que podemos pensar diverso, los apóstoles también tenían diferencia de opiniones y discutían (el caso de Pedro y Pablo), pero también es verdad, incluso más verdad, que somos miembros del Cuerpo de Cristo y la unidad prevalece a pesar de las diferencias.
«De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto»
como bien señala el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, n. 228.
El pecado contra el Espíritu Santo
En este contexto, la dialéctica mundana viene a ser el circo romano donde se pelea la batalla decisiva. Detrás de los términos «derecha e izquierda», «progres y tradis», «conservadores y modernos», «anticuados y visionarios» se esconde la pedagogía insidiosa del demonio. Es muy fácil escuchar en la Iglesia Católica frases como: "hay que abrirse al Espíritu Santo", "creo que esto es inspiración del Espíritu Santo", "el Espíritu Santo nos quiere llevar a otros lados", etc.
Parece extraño plantearse la idea de que aquel "Espíritu Santo" que muchos dicen escuchar, seguir e invocar, les lleva a unos por un lado, y a otros por otro lado; y ambos, los de allá y los de acá, se adjudican la "inspiración del Espíritu Santo" sin siquiera detenerse a pensar lo que eso significa.
¿Acaso el "Espíritu Santo" puede dividir el Cuerpo de Cristo? El Sínodo permitió sacar a la luz esta dinámica mundana de adjudicarse la voz del Espíritu Santo sin siquiera discernir si es realmente la acción del Espíritu Santo. Algunas personas afirmaron que Dios estaba suscitando la idea de la ordenación presbiteral (no sólo diaconal) de mujeres católicas, y que allí es donde el Espíritu Santo guiaba la Iglesia; pero una vez que el Papa cierra la puerta al presbiterado femenino y aplaza la discusión del diaconado femenino, son estas mismas voces las que denuncian que el Papa no está escuchando la voz de Dios. Detengámonos aquí. ¿Acaso el Espíritu Santo actúa e inspira sólo aquello que me gusta? ¿No es que el Espíritu Santo pueda suscitar respuestas incluso que nos contradigan? Escuchar la voz de Dios, discernir su Voluntad y dejarse guiar por el Espíritu Santo es arriesgarse a ir donde no queremos ir (Juan 21, 18), arriesgarse a ser contrariados por el mismo Dios, arriesgarse a que me conduzca a aquella verdad que tanto negaba. Si nos dejamos guiar por el verdadero Espíritu de Dios estaremos seguros de ir por el camino correcto, incluso si Dios nos contradice o nos muestra que estamos equivocados.
A pesar de esto, algunos perseveran en sus ideas, mantienen sus posturas y siguen luchando porque en la Iglesia se hagan los cambios que ellos ven como buenos e "inspirados".
Esa pretensión de verdad, esa adjudicación del Espíritu Santo, esa soberbia de que yo tengo la razón aunque el Papa, los obispos y la Iglesia entera vea que no es así, esa cerrazón perseverante... es un pecado contra el Espíritu Santo.
Sabemos que Dios sostiene a su Iglesia y que, a pesar de las opiniones personales del Papa, de los obispos o cardenales, o de los líderes espirituales de caché, la Iglesia será siempre guiada por Dios. Creemos, confiamos y esperamos en ello, al menos los católicos.
Existen grupos en la Iglesia que quieren darle un lugar más importante a la acción del Espíritu Santo y a los carismas ordinarios y extraordinarios asociados a Él. Si bien esto sería tema de otro artículo, quiero traer a colación que es muy protestante el hecho de «declarar», «decretar», «confirmar» y «profetizar» ciertas aseveraciones como si fuéramos poseedores de la verdad. Estos verbos son muy importantes, no digo que no se puedan usar, pero ¿estamos seguros que cuando se usan es porque realmente está el Espíritu Santo suscitándolo? ¿Acaso no podría colarse aquello de que es mi idea y "declaro" que también es inspiración de Dios? Esta dinámica es, por decir lo menos, peligrosa; ya que bajo este argumento todo puede ser verdad, todos pueden estar en lo cierto y todas las posturas (aunque contradictorias) pueden venir de Dios. La realidad nos muestra que no es así: no todo es verdad, no todo es cierto, no todo es auténtico, no todo es inspiración de Dios.
Remedio contra este "pecado"
Sin afán de agotar el tema ni pontificar sobre qué es o no "inspiración" del Espíritu Santo, debo reconocer también mi condición de buscador de la verdad. Me planteo este "pecado contra el Espíritu Santo" que se comete mucho hoy y, a su vez, no me atrevo a buenas y a primeras decir "por aquí nos lleva el Espíritu Santo". Suelo ser más prudente en el lenguaje, porque construye realidades, y decir que "quizá por acá el Espíritu Santo nos esté llevando" como una invitación a discernirlo juntos. Quizá esta actitud de apertura a la incerteza de que yo esté en la verdad (no siempre, porque hay veces que sí tenga la verdad) sea la mejor actitud para evitar caer en el pecado contra el Espíritu Santo. Voy más allá aún, creo que el verdadero espíritu sinodal, aquel que el Papa tanto tiene en su corazón de escuchar, reflexionar y discurrir juntos, pueda ser un gran remedio contra este padecimiento espiritual. Ojalá que este "caminar juntos" (Sínodo) con más participación, comunión y misión, sea la actitud que nos ayude a encontrar la verdadera Voluntad de Dios y nos ayude a abrazar la verdad con fuerza.
Termino este post con la oración del Veni Creator Spiritus (Ven Espíritu Creador):
Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles
llena con tu divina gracia,
los corazones que creaste.
Tú, a quien llamamos Paráclito,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego,
caridad y espiritual unción.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, dedo de la diestra del Padre;
Tú, fiel promesa del Padre;
que inspiras nuestras palabras.
Ilumina nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece la debilidad de nuestro cuerpo.
Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé nuestro director y nuestro guía,
para que evitemos todo mal.
Por ti conozcamos al Padre,
al Hijo revélanos también;
Creamos en ti, su Espíritu,
por los siglos de los siglos
Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos de los siglos. Amén.
Foto de Deepak Rastogi en Unsplash





