Vivimos en un mundo donde el frenesí histérico del día a día está normalizándose cada vez más. Pasa una jornada después de otra y no nos damos cuenta de todo lo que ha quedado atrás. En este movimiento dislocante, parece normal el hecho de criticarlo todo como si fuéramos expertos en cada una de las cosas que vemos y oímos. La cultura del comentario y de los likes ha permitido que se democratice el acceso de la opinión pública por canales de comunicación cada vez más horizontales, donde el protagonista no es el maestro sino el discípulo.
En medio de tanta reacción, video, like, reel y comentario nos vemos sumergidos en la batahola del frenesí digital que no perdona ni sana. Me siento muchas veces con el derecho de opinar, más bien, las redes sociales me “empoderan” a opinar y participar de debates públicos que pueden ni siquiera suscitar un interés particular en mí. Opino de cocina, de religión, de moda y hasta sobre qué deberían vestir los reyes en cada ocasión. Soy un opinólogo inexperto emancipado por el frenesí digital. Opino no porque sé de lo que hablo, sino porque puedo. Opinar se vuelve una forma de ejercer el poder en la sociedad. El anterior “pienso, luego existo” ahora se ha transformado en una suerte de “opino, luego existo”. Opino porque puedo, me hago notar, le comunico al mundo mi existencia a través de la opinión. Opinando demuestro que existo, me voy sintiendo “alguien” dentro una masa social.
Opinar de todo y en todo momento nos vuelve cada vez más distantes del objeto real. La opinión, si bien tiene una parte de verdad, expresa una postura ideológica o, si se quiere, intelectual. No soy parte de una élite al opinar, sino que ejerzo un “derecho” común a todos los civiles que, aparentemente, no debería dejar de ejercer. Vivo mientras opino, opino porque puedo y puedo porque soy libre. Esta dinámica de opinar en todo sin siquiera saber lo mínimo indispensable para poder justificar mis palabras nos vuelve más analfabetos en ciertos temas de lo que antes éramos. Algunos, con un afán mayor de poder, pontifican sobre temas que desconocen, recurren al insulto cuando no comprenden y, en último caso, citan el argumento infalible en internet: “esto es una conspiración, nos están mintiendo”.
Frente al caos que hemos ido dejando detrás de nuestras palabras, se esconde una realidad enfermiza de la cual debemos escapar lo más rápido posible. Nuestra “participación digital entusiasta” muchas veces esconde el verdadero problema que tenemos. Habitamos el continente digital y deshabitamos el continente físico. Estamos allá pero no acá. Me siento alguien allá, pero no aquí. Esta suerte de desconexión con el mundo real nos va arrastrando hacia la inevitable ruina del vacío interior. Opinamos de todo, pero ¿qué queda en mi interior? Opino, comento, escribo hacia el exterior, manifiesto, pero ¿qué queda en mí? ¿qué me enriquece?

¿Necesito opinar siempre y de todo?
La gran pregunta que se esconde detrás de estas reflexiones debe ser: ¿es necesario que opine de todo? ¿es necesario que todos sepan lo que pienso sin siquiera detenerme yo mismo a reflexionar si realmente estoy convencido de lo que digo? Cada uno analice su situación. ¿“Opino y luego existo” o, “porque existo y creo tener la verdad, luego opino”? La problemática podría encontrar una luz de esperanza al aceptar que simplemente no sabes, que necesitas leer más sobre el tema y estudiar la situación más a fondo. Esa prudencia del no-saber suscita una reflexión. La reflexión te lleva a adentrarte en la búsqueda de la verdad, en el silencio del discernimiento de ideas, en la espera de aquello que no tienes. Pura honestidad intelectual.
Además, debes saber que no todos tienen derecho a saber lo que piensas. Si quieres, puedes opinar. Es parte de tu libertad elegir en qué momentos sí y en qué momentos no. No estás obligado a decir lo que piensas siempre que te lo piden, eso no sería vivir en libertad. Es más, si no tengo una opinión formada respecto a un tema porque me hacen falta datos e información, es mejor reservarme la opinión para otro momento. Al final del día, y por una cuestión intelectual, debe importarnos más estar cerca de la verdad que opinar sobre todo sin siquiera buscarla. La prudencia intelectual que está emparentada con la reflexión perseverante, serán grandes aliadas a la hora de querer encontrar esa verdad.
Hay una paz interior que aparece en ese momento que decides callar. Callar no es algo malo cuando está fundamentado en una decisión libre. Puedo callarme cuando no sé, cuando deseo ser prudente o cuando no quiero que el otro sepa lo que pienso. El problema es que la dinámica de redes sociales e Internet nos han sembrado la idea de que opinar es obligatorio, si no opinas en contra de lo que se afirma, significa que estás a favor, y viceversa. En este mundo digital opinar significa posicionarte ya sea de un lado u otro de la historia, tomar partido en la narración. Se hace prácticamente obligatorio tomar parte en ciertas cuestiones que, aunque no tengas ni el mínimo interés en ello, tienes la “invitación obligada” a decir de qué lado estás. ¿Esta dinámica nos hace libres? ¿acaso estamos cayendo en una “tiranía de la opinión obligada”? Se suponía que la opinión era opcional, podía darla o no, pero resulta que en algunos momentos nos obligan a decir qué pensamos. Más aun, yo mismo soy quien me obligo a decir lo que pienso, a tomar posición en una conversación, a delimitar mis confines intelectuales. Quizá soy yo mismo quien me voy convirtiendo en mi propio esclavo y en mi propio señor.
A fin de cuentas, necesitas tiempo para digerir algunas interrogantes, necesitas tiempo para ir sembrando una posible respuesta sobre aquello que se te cuestiona. En esto los religiosos y sacerdotes deben ser muy prudentes. A veces es necesario gritar, otras veces es mejor callar. El profeta no sólo anuncia una verdad, sino que primero hace silencio para escucharla. No hay profecía sin escucha, no hay escucha sin silencio. Es necesario callar, no sólo por prudencia, sino para escuchar la voz de aquel que sí sabe. Por ende, en esto de opinar sobre todo y ante todo debemos ser cautos, más aún, “astutos como serpientes y sencillos como palomas” (Mateo 10, 16).
Una respuesta desde el interior

Una Iglesia sinodal —para ponerlo en un contexto eclesial más actual— no es la que más opina, sino la que más escucha. La que más escucha a Dios y discierne su voluntad en ese silencio muchas veces incómodo de la reflexión personal. En una Iglesia sinodal primero escucho, luego opino. Una Iglesia que escucha primero a Dios y su Palabra, es una Iglesia preparada para dialogar con el mundo. Un apóstol escucha primero al maestro, aprende de él y lo intenta imitar en todo; luego va a predicar. Así también nosotros los seguidores de Jesucristo, primero escuchamos a Jesús, aprendemos de Él, buscamos imitarlo; y luego nos vamos a predicar sobre él. La dinámica religiosa de los seminarios y noviciados incentivan precisamente esta primera parte del ser discípulos.
Todos nosotros debemos primero pasar tiempo con el Amado y aprender de él, para luego ir “por todo el mundo” y predicar “el Evangelio a toda criatura” (Mateo 16, 15). Aquí es cuando me vienen las palabras de Jesús a dos de sus mejores amigas, Marta y María, escritas en el Evangelio de Lucas 10, 38-42:
«Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada».
Este pasaje del Evangelio contiene una luz de esperanza para este mundo construido con opiniones. Necesitamos ir a lo esencial, al Maestro, y luego preocuparnos de solucionar todos los problemas del mundo de hoy. Opinar sólo cuando tengamos al menos un atisbo de verdad, cuando la veamos claramente. Callar cuando no sepamos, cuando no tengamos argumentos o simplemente cuando, con humildad, debamos reconocer nuestra incompetencia intelectual. Dios nos ha hecho libres y nos quiere libres.



